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La llegada del automóvil en la Patagonia Central: ¿símbolo de status o herramienta de política pública?
Historiadores del CONICET analizan cómo la incorporación de vehículos motorizados a principios del siglo XX fue una estrategia clave de las agencias estatales para optimizar el control social y las tareas de registro en el sur argentino
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En las primeras décadas del siglo XX, la cantidad de automóviles en la Argentina creció vertiginosamente. De unos cien existentes hacia 1900, la cifra se elevó a 4800 en 1910 y se multiplicó por diez desde entonces hasta 1920. En el caso de la Patagonia, este proceso no fue una simple transición técnica, sino un complejo debate sobre la eficiencia de las políticas públicas en territorios remotos. Los historiadores Marcos Sourrouille, investigador del CONICET en la Universidad del Chubut y Matías Chávez, investigador del CONICET en la Universidad Nacional de la Patagonia, analizan este fenómeno, revelando que el automóvil funcionó, inicialmente, más como un símbolo de presencia estatal que como una herramienta plenamente eficaz.
“Pese a que los primeros autos llegaron a Chubut a mediados de la década de 1900, para 1911 el gobernador Alejandro Maíz reconocía que en la mayor parte de su jurisdicción se transitaba solamente mediante carros tirados por caballos. No obstante, destacaba con entusiasmo la existencia de un caso atípico. Concretamente, mencionaba que el poblador Federico Haldodd contaba con un convoy de tres automóviles Fiat con el que recorría: ´... desde Trelew hasta Las Plumas (40 leguas) conduciendo carga y pasajeros´”, cuentan los especialistas. Hacia 1920, Chubut era el territorio de la Patagonia Central con mayor promedio de automóviles, con un vehículo por cada 156 habitantes, seguido por Río Negro con uno cada 298 y Neuquén con uno cada 1752.
Durante la década de 1920 las agencias estatales intensificaron el uso de vehículos para el cumplimiento de sus actividades en el interior patagónico, especialmente para optimizar las tareas de registro y control social. En este sentido, si bien los animales de tiro continuaron siendo centrales, algunas reparticiones como la Policía y el Registro Civil comenzaron a emplear automóviles. Un caso destacado fue el de los inspectores de tierras, quienes solían relevar el territorio trasladándose en vehículos, quienes, además, no se limitaban a viajar por las rutas principales, sino que recorrían las zonas rurales lote por lote, siguiendo caminos o huellas vecinales, generalmente en mal estado y cuya transitabilidad dependía en gran parte de que no se registraran lluvias.
Además de las inspecciones de tierras, otras agencias como la Iglesia, la salud pública y las escuelas fueron incorporando el uso de vehículos mecánicos. Por ejemplo, en 1923 se agregó el primer automóvil a los medios de movilidad de las misiones salesianas, que hasta entonces habían utilizado caballos y mulas.
En este sentido, las agencias estatales e instituciones directamente vinculadas, buscaron mostrarse como precursoras en el uso de autos, concibiéndolos como un verdadero símbolo modernizador que revolucionaría el transporte en la región. No obstante, la documentación histórica analizada por los investigadores sugiere que la incorporación de vehículos mecánicos en la zona fue un proceso lento.
“Los primeros autos llegaron por privados, como objetos de lujo, pero los tuvo muy poca gente. Los que más nos interesaron en nuestro estudio son los que aparecen un poco más tarde, que son parte de la discusión de funcionarios públicos para definir políticas de movilidad en los territorios y analizar si la introducción de vehículos en un número más grande asociados a la gestión sería la mejor opción. Además, observamos que hubo toda una discusión práctica de cuál sería su utilidad concreta en los territorios. Incluso en la década del 40 había lugares donde todavía el auto no podía andar solo, sin el complemento de animales de tiro, por ejemplo”, explica Sourrouille.
Respecto a los privados, el coche era un estandarte de status y prestigio. El automóvil otorgaba un valor simbólico tan alto que los habitantes de la Patagonia central estaban dispuestos a pagar el precio con tal de poseer ese objeto que representaba una innovación tecnológica. Es decir, aunque los vehículos mecánicos podían resultar poco eficaces, su adquisición se podía justificar por el alto valor simbólico que se les atribuía.
Las estadísticas oficiales y los comentarios de cronistas locales sugieren que para las décadas de 1920 y 1930 los automóviles no habían logrado plena aceptación y no habían desplazado al transporte basado en la tracción animal. Las principales objeciones en relación con los vehículos mecánicos estaban vinculadas con su alto costo económico y con las significativas probabilidades de que se produjeran averías al transitar por los difíciles caminos patagónicos. Incluso, con frecuencia, los autos necesitaban de la complementariedad de los animales para superar atascos o para completar viajes a zonas a las que los vehículos mecánicos no podían acceder.
Reconstruyendo la historia de la Patagonia
Tanto Sourrouille como Chávez, se formaron en su etapa doctoral y posdoctoral en el CCT CONICET CENPAT, investigando diferentes sujetos históricos en la transición del siglo XIX al XX en los Territorios de Río Negro y Chubut: mientras Sourrouille se focalizó en la población indígena del noroeste de Chubut, Chávez abordó la inmigración sirio-libanesa y los conflictos por tierras en el norte del Chubut y sur de Río Negro. “En un momento, nos encontramos explorando los mismos archivos, y detectamos que, pese a que coexistían en los mismos territorios, las relaciones entre estos grupos estaban poco estudiadas, o eran abordadas a partir de estereotipos”, señala Chávez. Ambas líneas de investigación implicaban preguntas sobre la movilidad de las personas, grupos y bienes, así como sobre las formas de la baqueanía como conocimiento experto del espacio. Según Sourrouille “estas experiencias son posibles a partir de la convivencia entre científicos en un instituto o un CCT: la novedad no es la suma mecánica de lo que hacía cada uno por su cuenta, sino el resultado del diálogo sostenido y la innovación derivada de exploraciones compartidas con gente que tiene trayectorias, otra biblioteca o incluso formaciones disciplinares diferentes”.
“Esta última publicación es parte de una línea de trabajo en la que ya habíamos escrito un artículo sobre los caminos del norte de la Patagonia como problema historiográfico.[1] Actualmente estamos trabajando con etnografías de los choferes-mecánicos, que hacían funcionar estás máquinas en contextos muy desfavorables. El camino y el vehículo son la materialización de relaciones sociales, y en ese sentido este estudio es una forma de acercarse a comprender la sociedad patagónica de hace 100 años”, finaliza Sourrouille.
[1] https://revistascientificas.filo.uba.ar/index.php/rtt/article/view/11328

