25/03/2019 | Ciencia y Ética
La ciencia y su responsabilidad sobre la vida
Investigadores del CONICET buscan métodos que permitan experimentar con invertebrados marinos sin causarles dolor o llevarlos a la muerte.
BIOLOGÍA
Tamara Rubilar y Augusto Crespi. Foto: Diego Nuñez de la Rosa.

Buena parte de las investigaciones en biología están centradas en comprender los principios de la vida para poder preservarla. Para alcanzar ese inmenso objetivo, tienen la necesidad de realizar experiencias con diferentes organismos, que en algunas ocasiones implican someterlos a sufrimiento o incluso su muerte. Para Augusto Crespi, investigador adjunto del Centro para el Estudio de Sistemas Marinos (CESIMAR-CONICET), matar para preservar la vida resulta a prioriuna contradicción: “Dentro de la comunidad científica está aceptado que una forma de comprender la vida es que se sacrifiquen individuos, y aquí, inevitablemente, surge una pregunta crucial con un fuerte componente ético: ¿qué individuos vamos a considerar como sacrificables y cuáles no?

Una científica introduce el bisturí en el animal. La estrella de mar comienza a retorcerse. Con la fuerza que le queda, se aferra con sus brazos al objeto que intenta diseccionarla en nombre de la ciencia. “Para estudiar a las estrellas de mar durante la elaboración de mi tesis doctoral, la bibliografía estipulaba que había que pasarles electricidad hasta que liberen un brazo o cortarlo  con el bisturí. Si bien la experimentación formaba parte del trabajo cotidiano, lastimar al animal me hacía sentir mal. No quería dañarlos de esta forma”, explica Tamara Rubilar, investigadora adjunta del Centro para el Estudio de Sistemas Marinos (CESIMAR-CONICET).

Según indican los científicos, en especies más emparentadas con los humanos, en general, vertebrados superiores, existe mayor reparo de parte de la ciencia a la hora de utilizar individuos para experimentar. En cambio, en especies menos emparentadas, las consideraciones éticas no están tan presentes. En la actualidad (exceptuando el caso de los cefalópodos en algunos lugares del mundo) no existen protocolos o normativas que regulen los métodos que utilizan los investigadores a la hora de estudiar invertebrados marinos. ¿Por qué? Un argumento frecuente es que no hay pruebas suficientes que indiquen que el sistema nervioso de estos animales les permita percibir dolor a pesar de la presencia de nocicepción: un proceso neuronal en el que se codifican los estímulos potencialmente dañinos contra los tejidos.

“Tanto, desde el punto de vista comportamental como desde la biología molecular, existe evidencia que las la estrellas de mar pueden percibir dolor. Reaccionan ante un estímulo dañino y a su vez están presentes los genes que codifican para la nocicepción, así como también un montón de neurotransmisores que están involucrados en las acciones de dolor y que nosotros los vertebrados también tenemos. Si bien para una parte de la ciencia eso no es necesariamente sentir dolor, pregunto: ¿qué es el dolor? Es una percepción subjetiva que es difícil de corroborar, más aún en invertebrados”, comenta Augusto Crespi.

Para ambos investigadores, estos animales perciben la realidad de una forma muy diferente a la nuestra y la definición de sentir y sufrimiento que se utiliza en investigación científica está basada casi totalmente en cómo los humanos percibimos el dolor. “Desde un punto de vista evolutivo, todas las especies cuentan con diversas adaptaciones para poder garantizar su supervivencia en el medio. Dado que un organismo es capaz de sobrevivir solo si es capaz de interpretar eficazmente la realidad que habita, las adaptaciones son cruciales para que la especie se perpetúe. Los pelos sensitivos de grillo, por ejemplo, detectan frecuencias y velocidades de viento específicas que identifican a los depredadores a medida que se acercan. Existen adaptaciones sensoriales tan especiales en los invertebrados que es obsoleto utilizar protocolos para determinar si una especie siente dolor o no basados en parámetros antropocéntricos”, describe Rubilar.

Crespi y Rubilar comparten espacio de oficina y una de las charlas rutinarias que mantenían era sobre el malestar que vivían luego de manipular negativamente a los animales. Más allá de no contar la corroboración empírica sobre el sentimiento de dolor de los invertebrados marinos, los científicos comenzaron a poner en práctica lo que se conoce como “principio de precaución”: es decir, adoptar medidas que tiendan a la protección ante la posibilidad de sufrimiento.

Actualmente los científicos buscan métodos que permitan experimentar con invertebrados marinos sin causarles dolor o llevarlos a la muerte. “Estamos intentando identificar diferentes tipos de anestésicos y analgésicos para poder llevar a cabo nuestras investigaciones y reducir el sufrimiento del animal. No estamos pidiendo que se deje de trabajar con invertebrados, sino la posibilidad de rever algunas prácticas y a su vez proveer variables no letales que permitan obtener una respuesta del animal frente a un experimento pero que no generen daño, sufrimiento o muerte. Por ejemplo, para determinar el estado reproductivo del erizo de mar, el trabajo tradicional es hacer un corte histológico de la gónada, lo que implica la muerte del animal. En nuestro laboratorio estamos intentando determinar el estado reproductivo a través del conteo de esperma y óvulos liberados por el animal sin dañarlo”, afirma Rubilar.

Esta discusión contiene una arista filosófica que no debe disociarse del quehacer científico: “¿saber la verdad es la meta última y justifica cualquier medio?”, pregunta Crespi y rememora junto a Rubilar otras discusiones del plano ético que derivaron en una modificación de prácticas dentro del laboratorio que en otras épocas se consideraban habituales. Por eso creen que debe hacerse una fuerte apuesta, para que las próximas generaciones de científicos implementen cambios en sus quehaceres profesionales

“Así como nosotros siempre usamos guantes, barbijos y gafas y las generaciones anteriores a la nuestra no las usaban con frecuencia, esperamos que las nuevas camadas de investigadores incorporen prácticas experimentales tendientes a cuidar a todos los animales. Por ejemplo, si  vamos a mantener a determinado organismo durante un tiempo en un bioterio (un sitio especialmente preparado para estudiar a los animales), debemos garantizar que el lugar se encuentre en buenas condiciones, lo más similares posibles al ambiente donde habitaba el organismo. Modificar la manera de pensar hasta llegar a naturalizar estas acciones  es un camino lento pero los cambios que se consigan serán persistentes en el tiempo”, concluyen.

 

 

“Estas ideas que surgieron tímidamente entre mates en la oficina para considerar el bienestar de los individuos, comenzaron poco a poco a cobrar relevancia en la comunidad científica nacional e internacional. Tamara participó de una charla plenaria sobre reflexiones éticas en torno a los equinodermos en el III Congreso Latinoamericano de Equinodermos en el 2015 que se llevó a cabo en Costa Rica y de allí en más la línea de trabajo empezó a despertar cada vez más interés entre colegas. Ya publicamos tres artículos científicos y participamos en cuatro congresos de diferentes especialidades (uno de ellos llevado a cabo en la UBA en la Facultad de Derecho en torno a los derechos animales). A raíz de estas contribuciones fuimos invitados a dictar un curso de ética en invertebrados en La Paz, México, en el contexto del IV Congreso Latinoamericano de Equinodermos que se llevará a cabo en noviembre de 2019”, cuenta Crespi.

Por Alejandro Cannizzaro – CENPAT

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